miércoles, 11 de marzo de 2009

Ocaso

El agua salada me escurría por los dedos y la arena se me metía entre las uñas para no salir jamas. Me preguntaba recurrentemente que hacía yo hace tanto tiempo metida en el cemento sin sentir ese olor a pescado mezclado con sal. Mi cabeza respondió rapidamente, pero no la dejé dar respuestas estupidas y sentimentales; así que simplemente dejé de hablarme y me concentré en el sol que se ponía. Me miré desde afuera... era una linda foto. Me miré desde adentro y entendí que hace tiempo no era tan feliz. ¡Me quedo a vivir!, pensé rapidamente, sabía que no lo iba a hacer, pero se sentía lindo sonreir de verdad después de tantas palabras inconclusas y cubiertos sin casa.

martes, 12 de febrero de 2008

¡Te conozco mosco!


Vamos al parque le dije, esperando la negativa que tantas veces había escuchado. Cuando respondió con un sí ligero (más bien de bueno ya, que de bueno que rico) me puse a correr hacia el pasto y sin titubear lo lance... Se resistió, pero hacia demasiado calor como para no dejarse caer en esa sombra rica de la ribera del Mapocho… allá arriba adonde ya no huele a mierda. Lo miré de reojo sin presionarlo para que se acostumbrara a sentir el que para él parecía ser un monstruo verde, un Hulk escurridizo y un poco mojado.
- “¿No habrá caca de perro?”, me preguntó cuando vio un kiltro que me miraba con ganas de amigo.
- “Si hay nos movemos”, le dije quitándole importancia al asunto.
Cuando se adecuo al colchón fino del pasto macheteado, y cuando ya estuvo bien protegido por las ropas que nos sobraban, cerro los ojos. Despertó 5 minutos después con una sonrisa de hace tiempo…
- “Cuanto dormí?”, dijo un poco extasiado por la hazaña.
- “Como 20 minutos”, le mentí.
Cuando de nuevo vio al perro vago, la caca amenazante y al Mapocho contenido, “vamos”, me dijo, cuando le sonreí con los ojos agregó “igual rico venir al parque…”. Fue ahí cuando vi los pequeños puntos rojos aparecer en sus brazos.

miércoles, 28 de noviembre de 2007

Mirando el techo

Cinco horas esperando, desperdiciadas entre estas ventanas negras que no dejan ver si afuera todavía hay luz. Cinco horas mirando el techo nevado que se cae a veces, como vaticinando que ya no hay mucho que esperar para que todo se venga abajo. Cinco horas viendo tele, viendote la cara, sintiendo la respiración ineludible. Cinco horas muertas, refugiadas en risas imperceptibles que se logran sólo con los comerciales de la tele, porque parece que estar solo contigo hasta me quita el buen humor ridículo de la publicidad femenina.

Afuera el calor insoportable de la primavera más caliente en noviembre y aquí un frío sepulcrar que no es solamente porque el sol tiene prohibido entrar a esta casa, sino que porque ya es igualmente problable que la cama tiemble de gemidos como que ni una simple mirada se cruce. Dónde mierda me perdí?, quizás perdiendo estas cinco putas horas muertas, escarbandome hasta los lunares de los hombros para ver si puedo decir que algo pasó, que hubo al menos un poco de sangre, aunque no haya sido ni por proximidad de mis entrañas.

La solución, ya que sé: abrir un hoyito y salir, como en las comedias romanticas en que los mismos personajes se psicoanalisan en un espacio blanco donde se pueda dar y dar vueltas hasta caer, hasta caerse o caer en cuenta; hasta encontrar algo, desahogarse y volver, o tratar de volver ... en sí, para dejar de ser un pelotudo e intentar por fin conectar... y volver a tirar todo por el suelo, para que ni las ventanas negras, ni lo que se cae del techo moleste. Parar ... parar... parar de hacer presióncon las mandibulas rígidas dentro de la cabeza que se empieza a derretir y chorrea por todos los hoyos.

sábado, 13 de enero de 2007

Sacarse la cresta


Tengo un moretón en la palma de la mano, uno de esos moretones que se ven graciosos y que hacer preguntarse a la gente como diablos te los hiciste. Si me preguntaran diría sin pudores que de tonta, de puro tonta, porque me puse de un momento a otro... bueno ya lo dije. Tonta.

El otro día iba en la micro y a mi lado iban sentadas dos niñas. Parecían de lejos amigas hasta que se desocupó el asiento a su lado y me senté. Conversaban de cosas triviales, de lo que iban a hacer el fin de semana y de quien estaría en la casa de cada cual cuando llegarán. Me reí y pensé lo bueno que sería tener a alguien cerca de casa para visitar cuando me sintiera sola.

La soledad o la falta de soledad, eso provocó el moretón en la palma de mi mano. El desengaño. Paf, golpeé justo en el marco de la puerta de la cocina. Paf, golpeé de nuevo como si hubiera estado cerrada. No, la cerrada era yo que no quería dejarte salir.

Una de ellas era gorda y fea, tenía una voz tosca, unos lentes grandes, parecía de unos 30 años, pero de seguro no tenía más de 22. La otra era una chica común, con ropa deportiva, morena, con voz amable y ojos grandes. Comenzaron a cuchichear, paré la música de mis oídos, pero seguí con los audífonos puestos para no ser evidente en mi intromisión. “Yo voy a salir el sábado”, dijo una. La chica común la detuvo y le preguntó que a donde iban a ir. La otra respondió: “YO voy a salir el sábado, solo yo”. “Sin mí”, alegó la otra. “Si tu quieres sale, pero sale sola”, dijo la gorda (que para entonces se había puesto más fea de lo que era). Durante un tiempo se cuestionaron los quiénes, los cómos y los cuándos. Se dijeron cosas, tantas cosas, que toda la gente se dio cuanta de que esas amigas no eran solo amigas. Todos miraban, porque hablaban muy fuerte y luego cuando bajaban el tono los espectadores les miraban los labios, para seguir la telenovela.

Salir, salirte, salirse con la suya, salir de aquí, salir arrancando, salir y esconderse, salir corriendo como las zarigüeyas de anoche, hacerse el muerto, hacer perro muerto en la cocina de mi propia casa. Cuando no queremos vernos más, salimos arrancando. Dame un minuto, un segundo, un día, nada sirve, ya nada sirve, todos se dieron cuenta. Los sapos de la micro nos leen los labios. Le tengo terror al ridículo, pero más terror le tengo a ser patética y hacer el ridículo.

Baja el tono. “Ya no quieres estar conmigo, te aburrí cierto?. Me da lo mismo. Ándate con tus amigos, comete a quien quieras. Si así te conocí. Ya me querí cagar, maricona”, dijo la niña de voz amable, con un sollozo que se le salía de la garganta. La otra le hizo un desprecio, “No me guei más, solo quiero salir sin ti el sábado”, dijo mordiéndose la lengua. La gente se comía las uñas, nunca habían visto un show de celos de dos mujeres en la locomoción pública.

Esto es como un gran escenario, el circo de nuestras vidas. Yo corro, me imagino corriendo detrás tuyo, te toco el hombro y no hay nadie. Para variar desde que todo empezó a variar no hay nadie. Salgo corriendo, me asusto de tu cara de nada. La nada misma y la cosa ninguna. Nunca corres detrás mío. Por qué siempre se arruinan las mejores escenas.

La ofendida se paró del asiento, cuando vio que todos las estaban mirando. Le dijo a la otra que si se bajaba con ella, que no quería ser un espectáculo gratuito. A refunfuñones y con dificultad se paró la otra mujer. Se bajaron. Los espectadores se miraron de reojo reclamando el fin del show. Siguieron a las estrellas mientras caminaban por la vereda. Tratábamos de leerles los labios, pero la noche las ocultaba y la micro partió sin ellas. Me reí sola, ¿con quién podría cagarla esa mujer tan fea y desagradable?. Al final la pelea era igual a la de una pareja “común”, pero que terrible debe ser lidiar con la inseguridad de otra mujer, pensé.

Mi mano está morada, podrida por dentro. Sacarse la cresta, sacarse la cresta sola de puro tonta, para no sacar la cresta. Ya pasó la vieja y no me invitaste a seguirla. Al final todo es una maroma colgada en el frente de la puerta, para que todos lo vean, porque nos gusta que nos vean, intensos, inseguros, corriendo sin ser recorridos. Igual me gustaría que me recorrieras, si tan tonta no soy. Pero, te doy un segundo, dame un día, te doy una hora, dame muchas horas, te doy muchos días, que se yo. La otra chica se bajó en el paradero que no le servía tras su amante. Tu te saliste corriendo y te subiste a la micro.

martes, 24 de octubre de 2006

Salvese quien pueda ...



Tal como Palmenia, hoy día me vapulearon publicamente. Así, sin anestesia me convertì en lo que siempre pensé que era pero nunca me había atrevido a ser. Una yeta. Según el diario Pop (cabecera de esta humilde servidora pública) y el infaltable profe Campusano, esta palabra dicese de:

YETA: A cruzar los dedos, porque en Chile "la yeta" es casi
una maldición que condena a personas injustamente acusadas de traer mala suerte o imprimirles el carácter de maldito a las cosas. La gente "yeta", dicen, acarrea vibraciones negativas. En Argentina a esto mismo le llaman "mufa".
Así no más entonces estaba condenada y no sin motivos. En estos días he tenido mala cueva, de esa que no se sale ni con jabón Popeye.

Crónica de la mala suerte:

- Todo empezó con una tontera, ya muchas veces solucionada. Cagó el computador. Con el correr de los días me enteré que la pieza que habí a cagao` estaba descontinuada del año pasado y que literalmente ya no existía.

Buscada por todos lados y nunca encontrada la maldita placa, solo me apareció en un remate de internet, de esos en que el precio sube como la leche y cada día te vas dando cuenta de que el producto no era tan nuevo como creías. En fin, el remate concluía hoy a las 11: 32 a.m. Así que me levanté campante a pelear mi adquisición... cuando llegué (luego de mucho rato y una conexión que no canectaba) a la pagina de compra y puse COMPRAR, ya era demasiado tarde. Un gran mensaje rojo me decía que el producto ya había sido adquerido y no precisamente por mí.

- También se me reventó un platano que iba a ser mi almuerzo, once y comida. Así que ando edionda a fruta podridá.

- Se me perdió el celular y ya estaba tan resignada a mi mala suerte que en verdad, fue lo que menos me importó.

- Hoy es el día del cine y nadie quiere ir conmigo, porque de seguro que ya se corrió el rumor de mi maldición.

Son las 7 de la tarde con 9 minutos y todavía hay tiempo, para que me caíga un rayo, choque mi micro y se me caiga un diente; como si uno creyera en el ratoncito de los dientes o era conejito... bueno, eso es lo que necesito una gran pata de conejo y si alguien se apiada que me traigan el conejo entero, porque ya me desmayo de hambre.

En conclución pobre Palmenia y pobres todas las yetas que andan pululando por la ciudad. Pobres por todas esas culpables de cuanto homicidio, incendio, suicidio y malversación de fondos existente.

lunes, 14 de agosto de 2006

La conexión mental


Hay muchas veces en que los extraños seres humanos sentimos un sentimiento que solemos llamar conexión mental. Esta conexión mental nos lleva a sentir que en algún punto del mundo aún existe esa magia perdida; pero que pasa cuando uno se da cuenta que ese tesoro que creía tener con alguien nunca existió?… De la utopía se pasa a esa duda existencial de: ¿En algún momento estuvimos conectados?

Cuando era niña creía que solo utilizando mi mente y cerrando los ojos muy fuerte podía hacer que alguien que quería que estuviera ahí, se apareciera o llamara por teléfono. Muchas veces resultó, pero la mayoría no. Aún así seguí creyendo en ese poder de la mente, tan puramente especial.

Después de muchos años comencé a presentir que el poder no era tal y que en definitiva, era una mera casualidad… un encontrarse de pronto, un hecho que desencadenaba de otro sin mucha magia de por medio y mas bien como un efecto mariposa.

Ese día que te dije que nos juntáramos en el metro, me dolió… Estaba leyendo “El túnel” de Sabato y me maravillaba como los dos amantes nunca se citaban y terminaban encontrándose en una ciudad enorme como la de Buenos Aires… lo encontraba perfecto. Como cuando los animales huelen su presa. Como una demarcación de territorio que abarca todo el mundo… porque yo te podía encontrar donde fuera de este mundo, sin necesidad de decirte donde estaba.

Solo era un metro, si lo admito, la estación más grande del metro… pero nunca me encontraste, hasta que me fui a lo más obvio, el punto de encuentro de la Estación Universidad de Chile, donde por supuesto todos los que no se huelen a la distancia llegan.

Me dolió que no supieras que podría estar mirando calzones en Caffarena, me dolió que no creyeras que veía los pequeños soldaditos de las batallas de Chile… en definitiva… me dolió que no me conocieras, que yo no fuera tu presa.

Así no se valía, pero bueno, al fin te di el crédito por encontrarme.

El destino es muy extraño, nos engatusa con falsas expectativas. Hoy hablando con mi padre, a raíz de mi cara supongo, me dijo que cuando uno era muy idealista se empezaba a gastar con la vida, se hería el corazón de más y no se daba cuenta de las señales anteriores, de esas señales que te habían dicho que no estaba bien ir, que no estaba bien encontrase con algo o alguien que uno siempre supo que no le correspondía.
Así somos los idealistas creo, suponemos que el mundo puede cambiar y nos dañamos el corazón tratando de hacerle caso. “Hay que ser más superficial, así uno no llega tan cagao`”, me dijo, agregando que me lo decía él, que nunca había echo caso a las advertencias y ahora no lograba ser feliz, porque el tiempo de salvar el corazón ya había pasado.

Hay pocas veces en que he sentido esa conexión mental, o creo que solo una, con fuerza… Cuando estaba en el sur sin señal de teléfono y al momento en que iba en el auto y la señal se conectó… sonó el aparato, fue extraño, pero un acto de fe. Para no dejar de creer.

Hoy hice fuerza, como cuando era niña, cerré los ojos muy fuerte, como ayer, como todos estos malditos días que se pasan de a uno… y no funcionó la magia; así que tomé el teléfono, marqué y me di cuenta de que en verdad las señales siempre estuvieron, fui yo la que no quise verlas… desde ese día en el metro hasta hoy… pero de nuevo…me dolió.


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